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Buenos Aires, Argentina

16 sept. 2013

ESPECIAL

"ELLA ES MI CHICA LUNAR..."


Algunas personas irrumpen en nuestra vida sin previo aviso. Hay quienes logran conmovernos y, algunos de ellos, son bautizados como artistas. El arte tiene eso que emociona y nos atraviesa el cuerpo (y el corazón). Por eso, para mí, está íntimamente ligado con el amor. Es probable que por mis años de estudio en comunicación, mi interés desde siempre por el arte y un trabajo final de carrera en un neuropsiquiátrico de Córdoba (un producto audiovisual que repasa una semana completa de los talleres intrahospitalarios dedicados a actividades artísticas y de expresión, en el marco del proceso de rehabilitación de pacientes agudos) el mundo (de colores) de Yayoi Kusama me resulte fascinante y estremecedor. Mi interés por ella llegó mucho tiempo atrás, antes de su acercamiento a Louis Vuitton para participar en sus diseños con una colección cápsula (aquí pueden repasarlo).

Su muestra "Obsesión infinita" (¿hay algo más infinito que las obsesiones?) llegó al Museo Malba (tienen tiempo hasta hoy) el pasado junio prometiéndonos una estadía por algo más de 2 meses (con una concurrencia sorprendente).




Los árboles, las paradas de colectivos y el frente del museo comenzaron a "yayoizarse" (si se admite el término) previamente.


Los árboles representan algo parecido a la libertad, al poder de expansión, al crecimiento. Hasta ellos llegan los lunares...una clara relación con la vida de Kusama.

Recuerdo una frase que leí hace tiempo de la periodista Adriana Schettini: "Alguien puede pasarse la vida entera sin hablar de su vida privada. Pero algún, día necesita llorarla". En el caso de Kusama su necesidad fue y es pintarla. Sus alucinaciones, obsesiones y fantasmas la acompañaron desde pequeña. Su necesidad de lucha se volvió permanente. El camino y la meta siempre fueron (y son) la búsqueda de libertad y sus mejores "armas" fueron (y son) su talento y creatividad. Muchas veces le puso el cuerpo, convirtiéndose en su primer (y mejor) lienzo.





"Vuelta por el universo" (de Yayoi Kusama)

Hay algo de hipnótico en sus lunares (o polka dots) que nos obliga a entrar en su mundo, avanzan sobre nosotros y se vuelve imposible salir. La disposición de un conjunto de cuadros en una pared que abarca desde la planta baja hasta el segundo piso del museo lo confirma. No podemos escapar ante tanta enormidad. Una primera comprensión para una artista que se vio atrapada en esa red, quien convirtió esa debilidad en su máxima fortaleza. El círculo, tan metafórico, de las obsesiones volvía a empezar. Una y mil veces. Y ella volvió a pintar. Una y mil veces.



La obsesión se traduce en una secuencia repetida. Obsesión que se materializa en falos (sexualidad) y en comida. Unas especies de garras y rostros, también, se sumergen en el infinito. En sus cuadros los ojos (casi con una función panóptica) junto a sus famosos lunares representan en nosotros la mirada ajena (o la propia) que nos señala, cuestiona y controla. 



Uno de mis cuadros preferidos

Otra de mis obras elegidas

Una habitación del (auto) borramiento, de la disolución de los límites, donde lo real y lo imaginario se unen en el color. Ser, para ella, es posible al sumergirse en el imaginario que le permite volver al universo real. 

Su filosofía de vida es su arte. Arte que vino a su rescate para sanarla, salvarla y amarla. Su increíble creatividad y genialidad (sí, es un genio) le permiten despersonalizarse y "hablar" a través de sus obras. Obras que reflejan su intensidad. Está claro, su singular visión de la vida es a través de puntos.  

Si algo me sorprende de su obra es que quien pudiera pensar que la tristeza, que linda con la depresión y la oscuridad sumada a lo obsceno (que pueden representar algunas de sus pasiones), no puede abrazar los colores está equivocado. Casi como una salida ante tanto dolor encuentra en ellos, quizás, su imperfecta "libertad condicional"

Para ella los espejos representan un misterio. Una clara relación con la misteriosa mente humana que crea personajes que nos persiguen. Es inevitable no chocarnos con algunos espejos a lo largo de la muestra. ¿Qué vemos cuando nos vemos? ¿A nosotros? ¿A nuestras obsesiones? ¿A nuestros miedos y dolores? ¿O a nuestras pasiones? Los espacios espejados nos interpelan con nosotros mismos, con lo que pensamos y sentimos.




Con el ánimo (o no) de coquetear entre el juego del encierro y la libertad fue la misma Yayoi quien encontró su lugar en un neuropsiquiátrico en Tokio. Allí se internó por propia voluntad y desde 1977 es su hogar.

Kusama es provocadora, sobre todo, porque pudo salvarse a sí misma (a través de su arte) transgrediendo los propios límites de su universo posible.

¡Lindo lunes!

¡Muchos besos!

@cindecorazones

(Imágenes: propias. Las imágenes están sometidas a derecho de autor)














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